Claude
Steiner Ph.D.
Traducción
: Eva Aladro Vico, Profesora Titular de la Facultad de Ciencias de la Información.
Universidad Complutense de Madrid.
(Steiner,
C. Transactional Analysis in the Information Age. Transactional Analysis
Journal 1997, vol. 27, 1)
Abstracto: El Análisis Transaccional que Eric Berne desarrolló
fue una teoría visionaria que, además de proporcionar un enfoque muy eficaz de
la psicoterapia, anticipó también las cuestiones teóricas, psicológicas y
psicoterapéuticas que cobrarían importancia en la Era de la Información.
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Fowler (1965) ha demostrado que los seres humanos
tienen un hambre innata de estímulo e información, que está en la raíz
de nuestra conducta y que la induce. Los especialistas están empezando a
reconocer que la psicoterapia es más una cuestión de eficacia a la hora
de emitir información que de reorganizar la energía en estructuras mentales,
según se pensaba antes. Como terapeutas, tenemos la obligación de atender a dicha
hambre proporcionándole información nutritiva, útil y sustancial, al tiempo
que contraatacamos las mentiras tóxicas y la desinformación. Como
analistas transaccionales, hemos estudiado los detalles y las dinámicas de
poder del intercambio de información –tanto verdadera como engañosa,
nutritiva o tóxica- y por ello somos expertos en un área de conocimiento
producido por la información (más que en la creencia inducida por ella)
que será central en la psicología del futuro.
1.- Presiones en el cerebro Parece
que la psicoterapia necesariamente contiene información y comunicación en su mismo
núcleo operativo. Cuando en el amanecer del siglo Sigmund Freud inventó el Psicoanálisis, estaba con ello
implicando que ciertas enfermedades que siempre se había pensado que eran
médicas por naturaleza, respondían ante una “conversación curativa”.
Sin embargo, la noción de que la conversación tenía un efecto terapéutico
era algo que no se oía entonces. La mayoría de autoridades pensaba que
desórdenes tales como las fobias, obsesiones y conversiones histéricas
–sinestesias y parálisis- las causaban anomalías en el cerebro y el
sistema nervioso, y la noción de una conversación curativa era algo más
bien radical en aquel tiempo.
La conversación terapéutica fue la sucesora
del tratamiento “moral” que a su vez había sucedido al tratamiento
medico “heroico” y ambos enfoques tendían a seguir la noción de que
los problemas mentales eran consecuencia de presiones anómalas en el cerebro. El
tratamiento heroico en psiquiatría consistía en tácticas como la inactividad
forzosa mediante ataduras, shocks y dolor para sacar a los pacientes de su
estado, y purgas y sangrías e incluso la trepanación para aliviar la
temible presión intracraneal (Caplan, 1969).
La cura moral evitó los métodos heroicos,
pero todavía mantenía la idea de que los problemas mentales eran
consecuencia de enfermedades que debían ser tratadas aliviando las
presiones en el cerebro. Ahora se entendían dichas presiones como de origen
más social que físico, pero el concepto permanecía. El alivio se obtenía ofreciendo
al paciente un entorno confortable que incluía la reclusión lejos del ajetreo urbano,
el goce de las artes y muy importante, la conversación placentera a las horas
de las comidas con el director del hospital, su familia y personal.
Cuando se hablaba, de todos modos, no se
intentaba discutir los problemas del paciente. Más bien, siguiendo las
costumbres de las salas de té inglesas y las conversaciones después de la
cena, se trataban temas interesantes de la política o la prensa de un modo artísticamente
elaborado. De hecho, la discusión sobre los problemas de los pacientes como
el suicidio, la adicción o la enfermedad mental se evitaba, porque amenazaba
con crear ansiedad y con ello empeorar en lugar de mejorar la temible presión
intracraneal. El propósito de la “conversación curativa” de Freud no
era transmitir información sino, de acuerdo con los precedentes históricos,
aliviar las presiones, aunque esta vez se tratara de la presión de las
energías psíquicas o psico-sexuales reprimidas. La “charla” que Freud
mantenía con sus pacientes no evitaba, como hacía la cura moral, los temas desagradables
sobre la situación del paciente, ni por otra parte buscaba su abierta discusión.
Se animaba al paciente a asociar libremente; a hablar libremente y a expresar lo
que pasara por su mente.
Sin embargo, el intercambio psicoanalítico
quedaba aún lejos de lo que hoy consideraríamos comunicación. No existía
un libre intercambio comunicativo entre médico y paciente; de hecho, el
ideal psicoanalítico era que el terapeuta no emitiera información verbal
alguna, sino que se limitara a analizar los significados inconscientes de
los sueños y libres asociaciones de los pacientes. Este (psico) análisis tenía
por finalidad reorganizar las energías atrapadas en ciertas estructuras
mentales, como el Id y el Superego, estados causados por episodios traumáticos
de la infancia. Debían discutirse sólo un muy pequeño segmento de la
vida mental y pensamientos de la persona, y un aún más estrecho aspecto
de las experiencias presentes de la persona. La respuesta del psicoanalista
tenía que estar aún más limitada; cualquier extrapolación de la
información que él mismo hiciera, era sospechosa y se atribuía a una contratransferencia,
una indebida y dañina implicación excesiva del analista en el caso. A los
pacientes se les ayudaba, según Freud, al aliviar las energías a partir de la
catarsis y de la reorganización de la consciencia facilitados por las
interpretaciones del analista. La comunicación, la transferencia de
información y la retroalimentación (el uso de la información para
modificar información) no se consideraban una parte fundamental del proceso.
El analista no debía dar al paciente información sobre las respuestas emocionales,
ya fuera positiva o negativa, pues se consideraba el típico error básico de contratransferencia.
Aún con toda la estrechez de este
planteamiento (desde el punto de vista comunicativo) se trataba del
comienzo de una ciencia curativa basada en la información y por tanto, en el
feed-back o retroalimentación ( como ciencia opuesta a la basada en los fármacos
o en la cirugía). Este enfoque nuevo del sufrimiento humano, no por
casualidad, surgió al mismo tiempo que otros desarrollos basados en la
información y que empezaron con el teléfono y la comunicación por radio.
Conversar, no con el confesor o el doctor de la familia de uno, sino con un
médico desconocido, durante todo el tiempo necesario, sobre los más íntimos
pensamientos, era una sorprendente novedad. Este aflojar la lengua, como si
dijéramos, se acompañaba de otras formas a través de las cuales, en la Era
de la Información que empezaba a cuajar, la conversación fluida y la información empezaron
a circular en la cultura mediante el cine, la radio, el teléfono y los periódicos,
proceso que ha continuado de modo que hoy en día las personas están dispuestas,
y hasta ansiosas, por revelar sus pensamientos más íntimos a millones de humanos
en los talk-shows de televisión.
2. Aparece la Información. Lo
que comenzó con la invención de cura conversacional unilateral de Freud, la conversación
en psicoterapia, fue progresivamente convirtiéndose en una creciente igualdad
comunicativa y comunicación en dos direcciones con retroalimentación. Harry Stack
Sullivan puso las bases con su énfasis en la comunicación en dos direcciones
en las entrevistas psiquiátricas. Carl Rogers, con su método no-directivo
y centrado en el paciente, mantuvo las restricciones rígidas en la
introducción de información en la situación terapéutica, tomándose
gran trabajo en reflejar tan sólo, y sin elaboración, las afirmaciones
del paciente. De todos modos, también aflojó las riendas de la comunicación
al introducir e insistir en la comunicación de información emocional. Procuró
que el proceso psicoterapéutico comunicara una situación de “interés incondicional
positivo” a través de una respuesta empática de entendimiento emocional. Aunque
ello supuso un gran paso adelante, todavía no constituía un libre flujo bidireccional
de información.
No fue hasta la terapia racional-emotiva
de Albert Ellis cuando un terapeuta introdujo la noción de un proceso de
resolución de problemas que requería el intercambio de información y la
retroalimentación, proceso que se desarrollaba con creciente igualdad y con
la democratización de la relación.
Al mismo tiempo, ese modo de resolución
de problemas basado en la información fue convirtiéndose en un método
terapéutico reconocido, conforme la información útil que afecta a áreas
físicas tanto como emocionales de la salud fue haciéndose más elaborada, disponible
y fiable. Los efectos de la alimentación y de la forma física, los efectos directos
y los colaterales de los fármacos legales e ilegales, la neurociencia, las consecuencias
de la desigualdad de poder y del abuso del mismo; el abuso emocional físico
y sexual de los niños en particular, la historia natural de las emociones, la importancia
del género, la identidad y la preferencia sexuales; la cultura y la edad y el significado
de la muerte y del morir, son algunas de las áreas de conocimiento que hoy en
día informan la psicoterapia competente. Y sin embargo muchos psicoterapeutas todavía
desdeñan el uso de este tipo de información, creyendo todavía que las
personas se benefician más de su introspección y catarsis que del
conocimiento y la aplicación de todos esos hechos.
Los años 60, una década liberadora que
expandió los movimientos de liberación de las mujeres, los gays, los
negros, los enfermos mentales, los discapacitados físicos y demás, liberó
también a la psicoterapia. Psicoterapeutas como Fritz Perls, Abraham Maslow y Albert
Ellis rompieron radicalmente las barreras erigidas contra esa igualdad y comunicación
bidireccional en la psicoterapia y Eric Berne fue uno de los cabecillas radicales
de ese proceso. Tanto en su teoría del Análisis Transaccional como en su práctica
privada y en hospital, Berne insistió en que la principal actividad fuera la comunicación
en dos direcciones. Desarrolló una psicología y psicoterapia dedicada a la “cura”
contractual de sus pacientes, es decir, a causar cambios previamente comunicados
y acordados por ellos.
El establecimiento de un buen contrato
terapéutico depende completamente de un sofisticado intercambio de
información ayudado por el feedback. Los psicoanalistas también hablan de
un contrato terapéutico (Menninger, 1958) pero dicho contrato es unilateral
y se refiere solamente a lo que los pacientes acuerdan hacer; ser puntuales, realizar
asociaciones libres, pagar sus facturas y etc.
Siguiendo los pasos de Berne en mi trabajo con
alcohólicos y pacientes suicidas, empecé a insistir en averiguar detalles
sobre la extensión de su adicción o qué planes suicidas precisos podían
tener, y finalmente desarrollé contratos de “no beber” y “no suicidarse”
(Steiner, 1968:59), contratos que siempre habían sido cuestionados por la continua
reticencia a discutir temas problemáticos porque, se pensaba, esta discusión podía
agitar en lugar de ayudar a curar la conducta auto-destructiva. En lugar de
temer el intercambio de información respecto del uso de drogas o el
suicidio entre el paciente y yo, asumí que, por el contrario, cuanto más
exacta fuera la información que intercambiáramos, mejor podía ayudarse
al cliente.
Berne abandonó la teoría psicoanalítica en
favor de una teoría basada en la comunicación. Se centró en la información
que intercambia la gente y la conceptualizó y categorizó en términos de
transacciones. Aislando los estímulos transaccionales y las respuestas,
nos proporcionó un método con el cual estudiar cómo las personas influyen unas
en otras e hizo posible un análisis de muy fina textura de la comunicación
persona a persona. Además, al establecer las premisas del análisis de guión,
anticipó el examen de la información que pasa de los padres a los hijos y
que determina las decisiones de la infancia que conforman la vida de las
personas.
Curiosamente, dada la importancia del
concepto, Berne nunca definió la piedra angular de su teoría, la
transacción, excepto para decir que estaba formada por un estímulo y una
respuesta. La transacción, de hecho, es simplemente un intercambio de información. La
información puede tomarse de, ser procesada y enviarse a, de acuerdo con Berne, los
tres “estados del ego”, el Niño, el Adulto y el Padre, que pueden verse
como tres entidades de procesamiento de información diferentes que operan
con diferentes reglas (emocionales, racionales o pre-juzgadas).
Berne no detalló claramente una hipótesis
sobre qué elemento facilitaba la curación esencial en el Análisis
Transaccional. Claramente el método era la conversación. ¿Pero qué tipo
de conversación?. Él favorecía las transacciones “directas” y no las
“torcidas” o cruzadas, el “habla Marciana”, es decir, franca. Hacía
uso de la pizarra y daba a sus pacientes información sobre las
transacciones entre los estados del ego, los guiones y los juegos. Como
ningún otro psiquiatra hasta la fecha, enseñó realmente su teoría a sus pacientes
durante las sesiones de terapia. Esto le causó un afán de claridad, en
contraste con otros psicoanálisis y terapias, que en su opinión eran
confusas y engañosas. Su enfoque se basaba en el uso del Adulto para
averiguar lo que estaba mal y para recomponerlo, a diferencia de otros métodos
que confiaban en la catarsis emocional o en la expresión. “Sentimientos,
engorros” (“Feelings, schmeelings”) era su expresión favorita para
indicar que lo que se necesitaba era más bien pensar. Y cuando se le acusaba
de excesiva simplificación bromeaba: “Prefiero supersimplificar que supercomplicar”.
Reprendía a los profesionales que hablaban la jerga psiquiátrica pomposa
diciendo: “si tu paciente no puede entender lo que estás diciendo, no merece la
pena que lo digas”.
¿Qué era lo que en su cura
conversacional causaba el cambio en las personas? Berne nunca postuló un
mecanismo conciso pero está claro por sus afirmaciones y escritos que el
fortalecimiento y descontaminación del Adulto era el factor curativo. Como
estado mental “centrado en procesar los datos y en estimar probabilidades”
(Berne 1972: 443) y en la puesta a prueba de la realidad, el Adulto, si está
activado, permitirá que la persona comprenda sus juegos y las
gratificaciones ilícitas que obtiene de ellos y con ello ayudará a dejar
de jugarlos al “convencerse de que hay mejores (patrones transaccionales)
disponibles” (Berne, 1966:303).
Cómo “se convencerá” no está claro.
¿A través de la introspección, o a través de la retroalimentación?. En
otras palabras, ¿será por una reorganización de las ideas en la mente, o
por un proceso de absorción de información que afecta a la conducta, el cual produce
entonces cambios y nueva información que a su vez retroalimenta al paciente con
nueva información y produce nuevos cambios, y así sucesivamente?. Obviamente ambos
procesos ocurren a la vez, pero el énfasis de Berne estaba en la información y retroalimentación
como la metáfora de la “espina en la planta del pie” indica claramente (Berne,1971).
Junto con el aprendizaje de cómo pensar
con el Adulto y cómo usarlo, estaba la “deconfusión” y liberación
del Niño y el desarrollo del Padre conseguido también en el intercambio
de las transacciones terapéuticas. Estos procesos posteriores estaban menos condicionados
por la información o el feedback. Se basaban más en la liberación, y en la
súbita reorganización, como en el caso de los “permisos” (para liberarse
de las inhibiciones infantiles) o en la “reparentización” (reemplazando
el Estado del Ego Padre del paciente por otro mejor por parte del terapeuta).
Parece que la teoría de Berne se
orientaba por tres principios: 1.- la transmisión de información, 2.- la
liberación de los individuos y 3.- la democratización de sus relaciones.
Mi propia interpretación de estos principios me llevó a centrarme en la relación
entre poder e información. A las personas se les priva de información para usarla
y distorsionarla y negarles así sus derechos; los juegos de poder usando la información
son extremadamente efectivos.
Como terapeuta que se formó con Berne, me vi muy influido por mi pasado como mecánico de automóviles. Yo veía la cura psicoterapéutica eficaz como algo similar a una auto-reparación (basada en el poder personal) asistida por un experto (asistencia basada en la información). Para mí, el proceso era: -
Averiguar lo que el paciente quiere arreglar (contrato) –
Averiguar lo que necesita ser arreglado (diagnosis) –
Ayudar al paciente para que haga lo que debe hacerse
para producir la reparación deseada.
En el mundo de los talleres mecánicos,
era “mirar bajo el capó, ver lo que está mal y arreglarlo”.Yo había
visto las muchas maneras en que un mecánico incompetente y/o poco escrupuloso
puede abusar de su poder ante un pobre dueño de coche y para mí se hizo muy
claro que todo tipo de personas con poder sobre los demás, sean padres,
profesores, políticos y, sí, terapeutas, pueden emprender maniobras engañosas
similares. Por el contrario, dar poder al paciente con información útil y
válida era la base de un buen tratamiento de análisis transaccional. Este
enfoque puede parecer un poco simplista pero es de hecho lo que Berne tenía
en mente cuando inventó el análisis transaccional que practicó con
grupos a los que adaptaba a la eficiencia, la comunicación democrática y la retroalimentación.
3. La Información como Primer Móvil 3.1.
El hambre de estímulo Cualquier teoría completa del comportamiento
requiere la explicación de la motivación, la fuerza motriz, la energía
que causa la conducta. Cuando tuvo que explicar, como cualquier psicólogo
científico, por qué las personas realizaban transacciones, Berne encuadró
su explicación en términos de la necesidad de estímulo. Fue ahí donde prefiguró
las cuestiones que, en mi opinión, se convertirían en centrales para la psicología
y la psiquiatría del siglo
I: las referentres al hambre de información. Un
teorema básico de la teoría temprana de Berne es que “la habilidad de la
psique humana para mantener estados de ego coherentes parece depender del
cambiante flujo de estimulación sensorial” (Berne 1961: 83). Basándose
en esta observación, acuñó el concepto de “hambre de estímulo” (p.
85), y su “sublimación de primer orden... el hambre de reconocimiento”
(p. 84). El hambre de estímulo fue después elaborado más en lo que
denominó “hambre de estructura” (p. 85), el ansia de situaciones sociales
en las que el reconocimiento y con él la estimulación variada podían
obtenerse. Tanto el hambre de estímulos como de estructura todavía
hallaron una mayor elaboración en el hambre existencial, el ansia de
significado. Así toda secuencia y juego transaccional tiene tres niveles
de pago o ventaja –motivación- para su desempeño; el biológico (estimulación),
el social (estructura) y el existencial (significado).
En términos info-psicológicos, Berne
está indicando que la motivación fundamental para la conducta
transaccional es la adquisición de un “cambiante flujo de estimulación sensorial”.
Cambiante, porque la materia humana se adapta y eventualmente se atrofia cuando
está sujeta a estimulación que no cambia. La estimulación debe cambiar para poder
mantener la vida psicológica, pero también el cambio fortuito puede tener el mismo
efecto mortífero que la estimulación siempre igual. Lo que los organismos buscan
y lo que les motiva es el estímulo lleno de significado, es decir la información. Estas
afirmaciones están bien respaldadas por la investigación: en los años 50, los psicólogos
descubrieron que los ratones, monos y personas encontraban gratificante la simple
estimulación. Antes de dicho descubrimiento sólo se utilizaba el agua y la comida
como gratificación en los experimentos de los investigadores animales. Los animales
hambrientos o sedientos aprendían ávidamente complejas tareas para conseguir
comida y agua. De este modo, los psicólogos investigaban cómo aprendían los
animales. Miles de estos experimentos de aprendizaje se hicieron con hambrientos
y sedientos ratones, gatos, perros y monos, usando la comida y bebida como
gratificación motivadora.
En algún momento del proceso, los psicólogos
se dieron cuenta de que animales que no tenían hambre ni sed se veían
motivados para resolver los mismos rompecabezas, aparentemente por el
simple privilegio de recibir una estimulación interesante como era un
simple espectáculo de luces que se encendían y se apagaban. El descubrimiento
llevó a una hipótesis nueva y se hizo la consiguiente investigación
extensiva, que Berne conocía bien: que además de la motivación que los
animales hallan en la comida y bebida, existe una motivación hacia la
estimulación y la exploración, motivación que surge por la ausencia de
estímulos, o por el aburrimiento (Fowler, 1965).
Claramente, los humanos tenemos similares
necesidades. Bexton y sus colaboradores, psiscólogos investigadores,
pagaban a sus sujetos de experimentación un salario medio por hora y les
alimentaban para que permanecieran en una pequeña sala y no hicieran nada,
sin ver, tocar ni oír prácticamente ninguna cosa durante un día entero,
pudiendo quedarse todo el tiempo que quisieran. En ocho horas, la mayoría
de los sujetos empezaban a sentirse cada vez más desgraciados y
desarrollaban lo que parecía ser una fuerte necesidad de estimulación.
Los sujetos, que eran estudiantes de nivel universitario, pedían oír
repetidamente una charla contra el alcohol destinada a niños de colegio o
la grabación de información bolsística atrasada, lo único que se les ofrecía para
aliviar su aburrimiento. Informaron que tras algunas horas de privación
sensorial no podían seguir una línea de pensamiento, y que les costaba un
día entero recuperar la motivación para estudiar una vez terminado el
experimento.
Evidencias anecdóticas respecto a
personas que han quedado aisladas en islas desiertas y otros lugares
similares hay a montones y atestiguan el hecho de que la necesidad de estímulo
puede llegar a ser extraordinariamente coercitiva. Investigadores posteriores han
retomado más a fondo el tema y desarrollado cámaras de aislamiento en las que
la persona flota en un tanque de agua a temperatura corporal normal, a
oscuras y en el vacío acústico más absoluto, descubriendo que la privación
sensorial tiene efectos dramáticos y a veces perturbadores en la mente
humana, generando un “viaje adictivo”, a veces un “mal viaje”
similar a los que se producen como consecuencia del consumo de LSD. Dicho
de otro modo, la mente ansía los estímulos y, cuando se ve radicalmente privada
de ellos, los fabrica, a menudo recuperando sus más oscuros fondos para ello. (Heron,
1957)
Finalmente, en el proceso de investigar
la relación de los estímulos y la información, los psicólogos D.E.
Berlyne y A. Jones hallaron, en una serie de experimentos realizados también
con estudiantes universitarios, que no eran sólo los estímulos, sino la información
–esto es, los estímulos imbuidos de significado- lo que los sujetos buscaban.
Es una distinción sutil, pero importante. Buscamos estímulos, pero si no tienen
contenido informativo, rápidamente pierden la capacidad de satisfacer la necesidad
que nos mueve hacia ella y nos deja insatisfechos. Por ello, desde este punto de
vista, conviene hablar de “hambre de información”, como también hablamos
de hambre de estímulos, cuando describimos la constante búsqueda de estímulos
que las personas muestran.
Me atrevo a predecir que esta búsqueda
de estímulos como información será cada vez más problemática en los años
venideros. La psicoterapia del siglo
I tendrá que tratar dos procesos paralelos. Las
personas desearan alejarse y hallar consuelo ante el cinismo, la pobreza,
la superpoblación, la enfermedad, la contaminación, que son cada vez mayores
en su medio ambiente mientras que, por el otro lado, buscarán el solaz, el entretenimiento
y el contacto a través de los medios electrónicos (televisión, internet, cyber-sexo,
realidad virtual, juegos de ordenador) en la seguridad de sus apartamentos y casas.
El resultante crecimiento de información y contacto muy atractivos pero sintéticos,
generados mediante máquinas, y la pérdida simultánea de las conexiones directas
“en carne viva” humanas, tendrán sin duda efectos muy perturbadores en la gente.
Uno de ellos será la pérdida de las habilidades de comunicación
interpersonal; las personas necesitarán consejo para reconstruir el
contacto humano y humanizado en sus vidas.
3.2. Hambre de Caricia De
acuerdo con Berne, el hambre de estímulo motiva y dirige la actividad humana
tan férreamente como lo hace el hambre, la sed o la necesidad de oxígeno
(aunque no hay nombre todavía para el hambre de oxígeno). Es esta
necesidad de estimulación la que genera “patologías sociales” –las
transacciones ulteriores, los juegos y los guiones- todas ellas en un
esfuerzo por obtener estimulación que no puede conseguirse en su forma
original y completa, como es la intimidad.
De esta línea de pensamiento emergió el
concepto de caricia. En Juegos en los que participamos, Berne llamó
a la actividad humana de intercambio de reconocimiento “intercambio de
caricias”, y la unidad de ese intercambio, la “caricia”, y resumió su pensamiento,
como hizo con otros importantes principios de su teoría, con un aforismo: “Las
personas necesitan caricias, y si no las consiguen, su espina dorsal se les
secará” (Berne, 1964:14-15).
Las caricias son particularmente una
fuente poderosa de estímulos y rica en información; son la estimulación
humana. Las caricias se consiguen en la intimidad, en el trabajo, en los
pasatiempos y en los juegos. Una caricia, positiva o negativa, es la unidad
de estímulo humana, a diferencia de la miríada de modos no-humanos en los cuales
también obtenemos estímulos. Las caricias y su intercambio definen, en un concepto
simple y brillante, los más básicos sucesos humanos, el amor y el odio. A
estas ideas yo añadí el concepto de “economía de caricias” que establece
que debido a una serie de reglas que limitan los intercambios de caricias
positivas de las personas, éstas sufren hambruna crónica de caricias. Las
reglas son:
-
No des
las caricias que quieras dar. –
-
No pidas
las caricias que quieres. –
-
No
aceptes las caricias que quieras. –
-
No
rechaces las caricias que no quieres y –
-
No te des
caricias a ti mismo.
El Padre Crítico refuerza estas reglas a
partir de una amplia base social. Procurar las caricias positivas es y
seguirá siendo el centro de la búsqueda humana; como analistas transaccionales
nuestra tarea primaria es ayudar a nuestros pacientes en su búsqueda. Tenemos
la información y la experiencia para desarrollar esa tarea. En Achieving Emotional
Literacy (Conseguir Alfabetización Emocional) (1997), he bosquejado un programa
de formación que incluye tratar la Apertura de Corazón con la economía de caricias
y la influencia del Padre Crítico.
3.3. Hambre de Información Una década
atrás en mis intentos de comprender los juegos de poder me interesé por la propaganda.
Al principio, parecía que la propaganda es simplemente una conspiración de
algunos para lavar el cerebro de la inocente población. Pero pronto se me hizo
claro que las personas no eran víctimas pasivas de la propaganda, sino que
realmente la buscaban y la recibían con ganas, y que cuando no estaba
disponible ellos mismos la fabricaban. Igual que en el caso de la
alimentación, cuando la gente prefiere la comida basura a la más
nutritiva y como en el caso de las caricias, donde en lugar de obtener las caricias
positivas se prefieren los juegos perjudiciales, las personas aceptan y buscan
la desinformación y la falta de la misma –información basura- y llegan
a preferirla frente a la alternativa verdadera y valiosa. En cada uno de
esos casos, existe un hambre compulsiva que causa que las personas acepten
y finalmente busquen la sustitución tóxica del objeto real de su
necesidad.
Estoy postulando que si el apremio del
hambre de estímulo es el precursor del hambre de reconocimiento y del
hambre de caricias, entonces el precursor de estas tres será el hambre de
información. La información es la necesidad fundamental que dirige no solamente
a las personas, sino a todos los organismos vivos. Con ello amplío la noción de
Berne de hambre de estímulo para incluir la noción de “hambre de información”. Cuando
piensan en la información, a muchas personas se les ocurre tan sólo el número de
información de la Telefónica, pero para entender claramente lo que es la
información tenemos que recurrir al campo de la cibernética, en donde la
información fue definida por matemáticos (Shannon y Weaver, 1949: 12-13),
como un medio de reducir la incertidumbre o, en términos más técnicos aún,
como la reducción de la entropía, siendo entropía una medida del nivel
de desorganización de cualquier parte del universo. En este sentido, la
información o el significado sirven para revertir la normal decadencia y desorganización
de algo, que es un proceso inevitable en la naturaleza;
La información actúa en todos los niveles de
la vida contrarrestando la decadencia; en el nivel humano,
La información es una reunificación, el proceso de
concentración de los poderes de la persona;
La información trabaja contra la disolución de las
capacidades mentales que ocurre en su ausencia.
La producción y el consumo de información es una
función fundamental de la vida humana, igual que la producción y el
consumo de oxígeno es una función fundamental de la vida de las plantas.
La información alimenta la vida mental; sin ella, la muerte cerebral
psicológica es segura. La info-basura (desinformación o ausencia de ella)
es la versión tóxica de la información y (como en el caso de las
caricias negativas) aunque sacia el hambre e impide la muerte del cerebro, interrumpe
y desorganiza la vida mental y emocional.
3.4. Caricias e Información Cuando
desarrollé la teoría de la Economía de Caricias, propuse que la mayoría de
las personas están en un estado perpetuo de hambre de caricias como
resultado de una economía restrictiva de las mismas. Noté que las
caricias positivas, es decir, las transacciones amorosas o en general el
amor, escasean debido a una economía de caricias que impide a la gente
proporcionarlas gratuitamente a los demás o a sí mismos, pidiendo o
aceptando las caricias que desean o incluso rechazando aquellas que no desean.
Preferimos las caricias positivas pero, si no las tenemos, aceptamos las negativas,
que abundan. Por otra parte, las caricias se han convertido en un bien de consumo
que puede ser vendido, comprado, comerciado, publicitado, acumulado y monopolizado.
Es interesante que lo que decimos de las caricias puede ser dicho igualmente
de la información: tenemos hambre de información, aceptamos e incluso buscamos
la información tóxica en ausencia de información útil o constructiva, y
existe una Economía de la Información en la que ésta se ha convertido en
un bien de consumo. El resultado es que algunas personas son info-ricas y
otras son info-pobres pero la mayoría sufren hambre crónica de información
consumiendo grandes cantidades de basura informatica.
Las caricias no solamente satisfacen la
necesidad biológica de amor, sino que también alimentan la necesidad de
información. De hecho las caricias son paquetes de información muy
comprimida y poderosa sobre nosotros mismos. El hambre de estímulo, el
hambre de estructura y el hambre de significado existencial son, en mi opinión,
todas ellas formas sucesivamente más complejas de información. Así, cuando buscamos
las caricias, o la estructura, o el significado, estamos buscando información en
formas crecientemente humanas y simbólicas.
3.5. Los mensajes de Guión como información Claramente,
la información llega a nosotros en una variedad de modos; la vida está llena de
lecciones. El flujo de información es estable y seleccionamos y damos prioridad,
de toda esa información que llega hasta nosotros, a aquella que servirá
para retroalimentarnos, así como relegamos o ignoramos otra. Qué mensajes
son conducidos hasta el corazón y cuáles son ignorados depende de una
variedad de factores. Tempranamente en la vida, las órdenes dadas a los niños
frecuentemente les fuerzan a tomar importantes decisiones. Esas decisiones,
basadas en la información de que disponen, y en un contexto de indefensión,
pueden ser la fuente de muchísimos problemas posteriores en la vida,
cuando las relaciones de poder cambien y las decisiones de la infancia no
sean ya necesarias para la supervivencia. Ésta es la esencia de los
guiones.
Al desarrollar la matriz del Guión
(Steiner, 1971) intenté ilustrar en un diagrama los mensajes que tomamos más
en serio en nuestra infancia. Los Estados del Ego de Berne me dieron un número
de niveles informacionales que considerar, como en el caso de las transacciones.
El Guión de una persona está basado en mensajes en forma de requerimientos
y atribuciones que son tenidos en cuenta de acuerdo con una variedad de factores:
la importancia de la fuente (el padre, la madre, otros significativos), el énfasis que
se añade al mensaje, el castigo, las recompensas, la repetición, la indefensión
y la susceptibilidad (el estado de madurez necesaria para producir una
impresión, o de pánico, o de cansancio, o el estado de drogadicción, o
el estado hipnagógico) todos tienen un efecto sobre la atención que el niño
presta al mensaje.
La información que afectará al niño
aparecerá en los tres niveles de significado, del Niño, el Adulto y el
Padre. El niño aprenderá y modificará su comportamiento y en algunas
ocasiones la conducta será discontinua, con dramáticos saltos en el cambio de comportamiento.
Cuando existe consciencia de que estos saltos se dan hablamos de “decisión”,
pero gran parte del guión ocurrirá gradualmente sin que exista ese punto de decisión
dramático, lo que llamé guión “banal”. Las decisiones de cambio de guión, sean
dramáticos o banales, son un proceso complejo que requiere de información exacta,
y de acción y retroalimentación efectivas.
3.6. Mentiras e información Los
mensajes de guión opuestos a la información válida y Adulta son esencialmente mentiras
–desinformación y pobreza de información- diseñadas para controlar e invalidar
la autonomía del niño y para minar de cierta manera el poder del niño. La política
tiene que ver con el poder, ya sea a nivel gubernamental, o al nivel de las relaciones
entre personas; los hombres y mujeres, los padres y sus niños. Las mentiras son
juegos de poder y el acto político más significativamente destructivo en la
Era de la Información es la mentira. La información siempre ha sido
utilizada como medio de acceso al poder. Denegar información y engañar
son formas milenarias de abuso de poder.
Mentir es un mecanismo para mantener el
control y es parte integrante de la conducta de mantenimiento y abuso del
poder que nuestra cultura anima y demanda. A pesar del hecho de que la
religión mayoritaria proscribe las mentiras, mentir es un aspecto de la vida
cotidiana casi desde el primer día de existencia, incluso en los hogares más devotamente
morales y religiosos. Ciertamente, en el momento en que el niño es capaz de
hablar, los padres empiezan a mentirle rutinariamente y, finalmente se espera
del niño que como parte de una buena socialización, aprenda él mismo a
mentir también. Le decimos a nuestros hijos que no mientan, y sin embargo
les mentimos constantemente. Les decimos que sean sinceros mientras que
nosotros continuamente hacemos otra cosa y nunca les decimos lo que es una
mentira, cómo es distinta de la verdad, y lo que significa que digamos que
mentir está mal. Es seguro que tenemos todo tipo de racionalizaciones para
mentir a los niños y para mentirnos entre nosotros; damos por cierto que
los niños no podrían asumir la verdad o no querrían saberla o les haría daño,
creemos que las pequeñas mentiras blancas son inofensivas y que de hecho estamos
obligados a protegerles de la verdad. Pero las verdaderas razones para mentir son
mucho más prácticas; el hecho es que mentimos para mantener el control y que
ser sincero, a veces, significa dejar el poder y el confort, tener que ser
responsable de nuestras acciones y sentimientos y enfrentarse a la verdad y
a la realidad.
La capacidad de percibir, de entender y
de tratar con el mundo eficazmente se ve severamente recortada por la
presencia de las mentiras constantes en nuestras vidas. El proceso de
decidir lo que es verdadero y lo que es falso, cuándo mentir y cuándo decir la
verdad, qué creer y qué no creer, es una merma constante de nuestras energías.
Dadas todas esas incertidumbres, la mente se ve impedida para trabajar en
su nivel óptimo. Se dice que utilizamos tan sólo una pequeña porción de
nuestra capacidad mental. Si es así, seguramente es porque la mayoría de
nuestra capacidad mental está despilfarrándose en información confusa;
en desinformación, información pobre, falsedades y mentiras. Estamos en
un momento mágico de la historia en el que la evolución nos ha traído al punto
en que hemos desarrollado la capacidad mental y el conocimiento técnico para satisfacer
eficazmente y con pleno dominio el hambre de información que ha alimentado
la evolución humana desde el alba de la historia. Dada el hambre de información
de las personas, ésta se ha convertido en un bien de consumo altamente provechoso
y nuestra economía depende totalmente de ella.
Por primera vez estamos en situación
adecuada, en el mundo entero, para satisfacer la más básica de las
hambres humanas, el hambre de información. Disponemos de terminales y
procesadores de información, tenemos redes y una economía de la información.
Por desgracia, sin embargo, tenemos un gran problema con la información misma,
que está muy contaminada por una variedad de mentiras. Las mentiras sin el poder
amplificador de la tecnología son dañinas pero manejables, pero las mentiras altamente
tecnológicas de hoy en día son infinitas y tenemos que desarrollar medios para
defendernos a nosotros mismos contra ellas, pues nuestros cuerpos no tienen una protección
innata contra ellas. Como muchos otros productos diseñados y refinados para atraer
nuestras hambres (comida basura, bebidas, alcohol, drogas) la información ha sido
elaborada tan refinadamente (en la televisión, películas, publicidad,
internet, libros de éxito, revistas populares) que es irresistible para la
mayoría.
La calidad de la información a la que
nos exponemos y que nosotros emitimos también tiene un importante efecto
en nuestras vidas cotidianas. Lamentablemente, de modo parecido a la
degradación medioambiental, en la que la comida, el agua y el aire que nos rodean
se van haciendo cada vez más tóxicos, la información que promocionamos, permitimos,
pedimos y consumimos es, en gran medida, igualmente tóxica, sea desinformación,
información pobre o info-basura. Además está el problema con la sobrecarga
de información, el hecho de que hoy en día hay tal cantidad de información disponible,
buena y mala, que se requiere gran habilidad para hallar la información válida
que en ocasiones es difícil de encontrar más que una aguja en un pajar. Un
aspecto importante de nuestro entorno en este momento es el medio ambiente informativo
y su calidad, especialmente la calidad de la información en nuestras relaciones
personales.
Hay algunos niveles en los que debemos
emprender medidas correctoras. Una de ellas, para los profesionales en el
nivel personal, es “decir radicalmente la verdad”. Claramente es una
propuesta extremista, que si se toma en serio, debe entenderse con cuidado.
Cualquier persona que insista en ser completamente sincera estaría tan desacorde
con el resto del mundo que lo hospitalizarían o encerrarían en la cárcel al instante.
Si uno considera que ser radicalmente sincero significa no mentir nunca sobre nada
así como decir siempre lo que de significativo se quiera, sienta o crea, puede
verse que ello implica peligros claros. De hecho, sólo tiene sentido,
inicialmente, en las relaciones más íntimas y cercanas y sólo a partir
de un acuerdo mutuo.
Si tenemos que empezar por tomar la era
de la información en serio, debemos aprender todo acerca de la información,
debemos alfabetizarnos informativamente, es decir, aprender lo que es la
información y el ruido, lo que es la mentira, lo que es verdad y sincero
(y la diferencia entre ambos) y debemos empezar este proceso muy cerca de casa
en el ámbito personal antes de esperar que los anunciantes, los profesores o
los políticos lo sigan. Sobre todo, en la era de la información, debemos
saber cuándo mentimos y por qué y cuándo se nos miente y por qué.
4. El Análisis Transaccional como una
Psicología y Psiquiatría de la Información Vista a esta luz, la práctica
de la psicoterapia no es ya un proceso en el que recoloquemos energías o
dejemos salir presiones (aunque hagamos ambas cosas a veces), sino un
proceso en el que la información válida, útil y constructiva, libre de mentiras,
se intercambia, sometida a modificación por el feedback y con un propósito específico,
integrador y contrario a la entropía.
¿En qué puede contribuir el Análisis
Transaccional a ese proceso? El hecho es que el Análisis Transaccional
forma a personas que tengan las capacidades óptimas: - que estén formadas
para observar el proceso transaccional y analizarlo como medio de intercambio
de información.
- que estén formadas para distinguir
tres diferentes fuentes de información y las varias combinaciones de
intercambio informativo que pueden darse; los Estados del Ego y los tres
niveles diferentes de significado que entre ellos se intercambian. Somos
conscientes de las peculiares características de las transacciones del
Padre y el Niño comparadas con las transacciones Adulto-Adulto, los
componentes encubiertos o abiertos de las transacciones y de los efectos de
las transacciones cruzadas y angulares.
- que entiendan la patología de las
transacciones. Sabemos cómo los intentos por comunicarse pueden
convertirse en juegos y sabemos cómo ayudar a la gente a dejar esos
perjudiciales patrones de intercambio de información y de caricias. - que
sepan las características de las transacciones saludables y cómo dar a la
gente permiso y protección para emprenderlas. Sabemos cómo responder a
las mentiras y cómo ayudar a la gente a dejar de mentir y de aceptar las
mentiras del otro. - finalmente, que sepan la importancia del contrato
terapéutico y que tengan la habilidad de establecer dichos contratos. El
contrato avanza en la curación anímica en la era de la Información en
dos importantes sentidos:
1.-Establece que la actividad de la
psicoterapia deberá basarse en un ciclo de retroalimentación que
modifique la conducta de acuerdo con los resultados. Fuerza tanto al
terapeuta como al cliente a adquirir un patrón transaccional de interacción
basado en la información, productivo y centrado en los resultados.
Establece la expectativa de que el psicoterapeuta estará plenamente
informado de los últimos hechos relevantes sobre el desarrollo del niño,
su crecimiento, su muerte, o hechos sobre los efectos nocivos de las iniquidades
de poder, abuso de poder, ya fuera emocional, físico o sexual, hechos sobre alimentación,
ejercicio, mantenimiento de la salud, drogas, adicciones, los resultados de las
últimas investigaciones psicológicas y psiquiátricas y de la neurociencia, y
hechos sobre las últimas técnicas para producir el cambio deseado.
2.-Dado el tipo de predicción y control
que es necesario para conseguir la consecución total de un contrato, anima
al uso de información válida más que de opiniones, prejuicios,
impresiones o información pobre. Así, se hace claro que el cambio que el paciente
busca, no ocurrirá de modo mágico a través de la discusión extensa de los recuerdos
de infancia, del análisis de los sueños o de alguna otra forma de pensamiento deseoso,
sino cuando la información valiosa, efectiva, capaz de crear orden (que incluya quizá
experiencias infantiles y sueños) se aplique al proceso.
Conclusión Parece que muchas personas en el Análisis
Transaccional están impacientes ante el estado de este análisis como teoría
dinámica y en desarrollo. Por mi parte, he pensado a veces que el Análisis
Transaccional había llegado a fu fin. Muchas de sus ideas se han ido
incorporando silenciosamente a la cultura psiquiátrica, pero en conjunto su aportación
se ha perdido y no se le ha dado su lugar entre las grandes teorías psiquiátricas
del siglo, e incluso me sentía inclinado a dejarlo descansar. De acuerdo con
ello, continué con mi interés en el poder y sus formas de abuso, pasando del Análisis
Transaccional a la propaganda, al periodismo y a la política en Centroamérica. Desde
la perspectiva distante de un investigador en los media y en la información, en una
Era de la Información naciente, vi el análisis transaccional a una nueva y
radiante luz; como una teoría visionaria de psiquiatría y psicología en
la Era de la Información. Conforme el mundo se asoma al siglo
I y se pregunta cómo nos afectarán los cambios
cíclicos del milenio, nosotros, en el Análisis Transaccional, estamos en posesión
de un legado que sólo ahora se hace bien claro: tenemos las herramientas y las visiones
de una psicología y psiquiatría basadas en la comunicación en la Era de la Información.
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Traducción
: Eva Aladro Vico, Profesora Titular de la Facultad de Ciencias de la Información.
Universidad Complutense de Madrid.